ES TIEMPO DE MULTIPLICAR LA ORACIÓN

Por: Pastor Emilio Bandt

«Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces» (Jeremías 33:3)

Por toda la Biblia observamos que los varones de Dios oraron y Dios siempre se agradó de ello. Por boca de sus siervos los profetas y los apóstoles, Dios nos insiste en que oremos.

Tenemos pasajes como aquel hermoso registrado en el libro de las crónicas de los reyes que dice:

«Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Crónicas 7:14).

Dios anhela vehementemente que su pueblo ore. En el Nuevo Testamento, tenemos esta exhortación: «Orad sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17). Que no es otra cosa que la invitación divina a orar constante y persistentemente.

ES TIEMPO DE MULTIPLICAR LA ORACIÓN

Hay ocasiones en que es necesario multiplicar la oración. Así lo hizo Moisés quien juntamente con Samuel es considerado como un príncipe de la oración. Y echando una ojeada al libro de Deuteronomio podemos contar todas las veces que este hombre estuvo en oración y ayuno intercediendo por su pueblo. Él mismo testifica así: «Cuando yo subí al monte para recibir las tablas de piedra, las tablas del pacto que Jehová hizo con vosotros, estuve entonces en el monte cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua» (Deuteronomio 9:9). Dios le dice que se aparte porque va a destruir al pueblo idólatra de Israel, él oró: «Y me postré delante de Jehová como antes, cuarenta días y cuarenta noches; no comí pan ni bebí agua, a causa de todo vuestro pecado que habíais cometido haciendo el mal ante los ojos de Jehová para enojarlo» (Deuteronomio 9:18). Cuando Dios nuevamente quiere destruir al pueblo por rehusarse entrar en la tierra prometida, Moisés testifica: «Me postré, pues, delante de Jehová; cuarenta días y cuarenta noches estuve postrado, porque Jehová dijo que os había de destruir» (Deuteronomio 9:25). Y cuando vuelve a subir al monte para recibir nuevamente las tablas de la ley dice: «Y yo estuve en el monte como los primeros días, cuarenta días y cuarenta noches; y Jehová también me escuchó esta vez, y no quiso Jehová destruirte» (Deuteronomio 10:10). Si oráramos así, ¡Con toda seguridad recibiríamos poder en abundancia!

Debemos orar, y debemos orar en todo tiempo, es decir, en tiempos buenos y en tiempos malos. Cuando atravesamos por momentos dificultosos como una enfermedad, una carga muy grande, una pena moral, o alguna congoja espiritual, es menester orar más. ¿Vale la pena? Nunca se rinda, nunca desista, porque Dios responderá.

Tenemos un fuerte enemigo que quiere hacer de las suyas entre nosotros y el apóstol Pedro nos aconseja: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe…» (1 Pedro 5:8-9a). Santiago no se queda atrás y también nos conmina: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Santiago 4:7). Y una de las formas de resistirle para que huya de nosotros es orando sin cesar a Dios.

Hoy es el tiempo oportuno para hacer un compromiso serio con nuestro Padre Celestial. ÉL es el Dios Vivo que escucha y responde a la petición de sus hijos.

La Oración cambia las cosas. ¡Hagamos la prueba!

«La oración eficaz del justo puede mucho» (Santiago 5:16).

Deja un comentario